Si bien en la historia de la música clásica los grandes referentes tienen nombre masculino, hubo mujeres que demostraron talento y pasión para componer. Aquí te compartimos las historias de cuatro de ellas.

 

Francesca Caccini

Francesca Caccini nació en el seno de una familia intelectual y musical. Todas las mujeres de la familia eran cantantes y sus padres unos músicos notables. Descendiente de Giulio Caccini, autor de “Le nuove musiche” –el manual de canto más influyente del siglo XVII– y de la cantante Lucia Di Filippo Gagnolandi, Francesca parecía predestinada a seguir sus pasos.

Comenzó a actuar desde pequeña y su aparición en la boda del rey de Francia hizo que le ofrecieran trabajo en su corte, algo que su padre le prohibió. Todo cambia cuando entra en escena la gran duquesa Cristina de Lorena: con apenas 20 años, en 1607 Francesca fue nombrada “la música”, cargo que incluía un sueldo fijo mensual y la convertía en una autoridad musical en la corte de los Medici.

Virtuosa y extraordinaria, Francesca fue un torbellino de talento en la Florencia de finales del siglo XVI. Se dio a conocer como compositora con “La stiava”, un espectáculo cortesano realizado por encargo de la gran duquesa para el carnaval de 1607, el cual fue creado con la ayuda de Michelangelo Buonarrotti, libretista y sobrino nieto de Miguel Ángel. A partir de entonces, iniciaron una relación de colaboración y amistad que condujo a una producción prolífica.

La música barroca temprana de Francesca, con largas frases vocales y vibrantes armonías, la convirtieron en la música más famosa de su época y para 1614 era la mejor pagada de la corte. Es probablemente la primera mujer que escribió óperas y la más conocida de ellas es “La liberazione di Ruggiero dall’isola d’Alcina”, una de las pocas obras suyas que ha sobrevivido.

De manera indirecta, la ópera trata naturalmente el papel de la mujer en el ejercicio del poder, y los dos personajes principales, una hechicera andrógina y una muy bruja seductora, tienen cada una su tema en una obra de gran variación.

El estilo de Francesca se diferencia de su contemporáneo Monteverdi por no cultivar tanto la disonancia, como el posicionamiento rítmico de las sílabas y las palabras, utilizando las armonías en mayor medida que el contrapunto para comunicar su mensaje artístico. Esto hizo que la describieran como “la maestra de las sorpresas armónicas”.

Sin embargo, su carrera tuvo sobresaltos. Una disputa con el poeta de la corte y un desacuerdo con una cantante hicieron que Francesca fuera despedida. El distanciamiento con los Medici duraría siete años, regresando para quedarse por un largo tiempo, hasta desaparecer de todo registro público en 1641. Nadie sabe cuándo ni cómo murió Francesca Caccini.

 

Lili Boulanger

Lili Boulanger lo tenía todo para florecer como compositora: su abuela Marie-Julie Hallinger fue una de las cantantes más célebres de su época. Su padre, Ernest, ganó el prestigioso premio de Roma en 1835 y ejercía en el Conservatorio de París. Raissa, su madre, una condesa rusa, cultivó un círculo social para hacer brillar a sus hijas Nadia y Lili.

Ambas ingresaron al Conservatorio de París. Instancia en la que Lili tenía cinco años. Una niña prodigio sin igual, aprendió a tocar el piano, el violín, el violonchelo, el arpa y el órgano.

La vida de Lili estuvo influenciada por una inestable dualidad entre su enorme talento y la figura dramática de “femme fragile” a raíz de las consecuencias de la enfermedad de Crohn. Llegó a componer unas 50 obras, entre las que se incluyen tríos para piano, himnos, obras corales y una a partir de la historia de Fausto y Helena de Troya, un logro que fue saludado como la primera victoria seria para el feminismo, al convertirse en la primera mujer de la historia en recibir el premio de Roma a la edad de 19 años.

Tras ganar este galardón, Lili tuvo la oportunidad de alojarse durante tres años en la Villa Medici, la academia francesa de Roma. Los médicos trataron de impedir que viajara, pero ella tenía plena certeza de que debía vivir esa experiencia.

El director de la Villa Medici fue hostil con ella, ya que estaba convencido de que –por ser mujer– alteraría la disciplina entre los demás alumnos de la academia. El comienzo de la Primera Guerra Mundial impidió que Lili lograra convencerlo de lo contrario, viéndose en la obligación de volver a París.

Lili Boulanger tenía 22 años cuando los médicos le dijeron que no podían hacer nada más por con ella. Esto tuvo gran influencia en la música que escribió, componiendo música de carácter religioso que incluyó himnos y textos del Antiguo Testamento. El talento de Lili se extinguió a los 24 años y fue enterrada en el cementerio de Montmartre.

La historia de Lili no podría comprenderse sin la presencia de su hermana Nadia. De hecho, si ella no hubiese dedicado gran parte de su vida adulta a apoyarla física, mental y económicamente, quizá nunca hubiésemos conocido su música. En 1939, Nadia Boulanger –compositora y profesora de música de gran prestigio– creó el fondo conmemorativo de Lili Boulanger para garantizar que las obras de su hermana nunca cayeran en el olvido.

 

Ethel Smyth

La vida de Ethel Smyth se originó al interior de una familia burguesa adinerada, hija del general de división John Hall Smyth y Emma Struth Smyth.

En contra de los deseos de su padre, Ethel decidió seguir una carrera musical y en 1887 ingresó al Conservatorio de Leipzig. Solamente alcanzó a estar un año, luego de desilusionarse de la enseñanza y los profesores. Durante su estancia en Leipzig, Ethel tomó lecciones de armonía y contrapunto con Heinrich von Herzogenberg y conoció a muchos de los compositores más importantes de la época, incluidos Johannes Brahms, Antonín Dvořák, Clara Schummann y Pyotr Tchaikovsky. De hecho, Tchaikovsky describió a Ethel en sus memorias como “una de las pocas mujeres compositoras que se puede considerar seriamente que está logrando algo valioso en el campo de la creación musical”.

Durante la década siguiente, Ethel vivió y trabajó en varios países de Europa, adquiriendo una amplia experiencia que dotó a sus composiciones de un carácter claramente europeo. En 1890 regresó a Inglaterra, debutando como compositora de música orquestal con una Serenata en Re en los Conciertos del Crystal Palace, mientras que su Misa en Re (1893) le valió un amplio reconocimiento público.

De 1893 a 1910, Ethel centró gran parte de sus energías creativas en componer una serie de óperas que se interpretaron con cierto éxito en Europa y América del Norte. Un logro considerable en esa época para una compositora.

Su primera ópera, “Fantasio”, fue interpretada como estreno el año 1898 en Weimar. Cuatro años más tarde, Berlín sería la primera ciudad en escuchar “Der Wald”, seguido de la Royal Opera House de Londres. En 1906, su obra “Der Standrecht” fue interpretada en Leipzig y Praga, antes de presentarla traducida al inglés como “The Wreckers” en Londres, bajo la dirección de Thomas Beecham en 1909. Para cada una de estas obras, Ethel tuvo que trabajar incansablemente para conseguir sus interpretaciones.

Ethel Smyth no solo es una referente en la música, sino que también estuvo estrechamente involucrada con el movimiento sufragista inglés dirigido por Emmeline Pankhurst. Una de sus composiciones, “La marcha de las mujeres”, fue adoptada como himno de La Unión Social y Política de Mujeres (WSPU, por sus siglas en inglés).

Su activismo la hizo pasar dos mese en la prisión de Holloway, ya que fue una de las más de 100 mujeres feministas arrestadas por romper ventanas en marzo de 1912. Cuando su amigo Thomas Beecham la visitó, encontró a Ethel dirigiendo una actuación memorable de “La marcha de las mujeres”, cantada por sus compañeras sufragistas.

La Primera Guerra Mundial significó un punto de inflexión en la vida de Ethel y su participación en el movimiento sufragista. Dado el contexto, debieron suspender sus actividades y Ethel trabajó durante tres años como radióloga asistente en un hospital militar francés. Este periodo fue particularmente complicado, debido a que paulatinamente se volvió más sorda, provocando que concentrara gran parte de sus esfuerzos en la escritura. Ethel se convirtió en una prolífica autora de memorias, publicando un total de ocho volúmenes.

En el último periodo de su vida, Ethel recibió elogios y distinciones notables en reconocimiento a sus logros como compositora. En 1922 pasó a ser conocida como Dame Ethel Smyth y posteriormente recibió títulos honoríficos en las universidades de St. Andrews (1928) y Manchester (1930). En 1926, Ethel se convirtió en la primera mujer en recibir un doctorado honoris causa en música de la Universidad de Oxford.

 

Marianne von Martínez

De origen español y alemán, Marianne von Martínez –o Mariana Martínez– compuso más de 200 obras, entre las que se encuentran todo tipo de formas y géneros: religiosas y profanas, vocales e instrumentales.

Su vínculo con la música comenzó gracias a que unos ilustres vecinos descubrieran y potenciaran su talento. Tanto el poeta Pietro Trapassi, conocido como Metastasio, como los compositores Nicola Porpora y un joven Joseph Haydn, enseñaron a la pequeña Marianne a tocar y componer.

Por más que compusiera un gran número de arias a la altura de cualquier pieza que sus colegas –Mozart, Haydn, Beethoven– produjeran para los teatros de ópera de Europa; por más que su mentor fuera Metastasio, el libretista operístico más importante de la época; por más que la prestigiosa Academia Filarmónica de Bolonia le concediera el título de Academia Filarmónica Onorata, logro que ninguna mujer había conseguido en los 108 años de historia de la institución, Marianne von Martínez jamás escribió una ópera.

El solo hecho de ser mujer y la clase social a la que pertenecía, fueron motivos suficientes para que ella no desarrollara ninguna obra en el género dominante de la época. Hubiese sido inapropiado. Tampoco creó ninguna sinfonía, la composición de referencia para medir los logros de los compositores a partir del siglo XIX.

Sin embargo, Marianne creó una importante escuela de canto y ocupó cargos relevantes con honores inusuales para las mujeres de su época: fue integrante de honor de la mencionada academia italiana y doctora honoris causa por la Universidad de Pavía.

Cuando en 1782 falleció Metastasio, el poeta le dejó a ella y a su hermana una amplia herencia que les permitió vivir holgadamente el resto de sus días. Su hogar se convirtió en centro de reunión de artistas y compositores de la talla de Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven y, por supuesto, Haydn, su maestro y admirador, que la apodó “la pequeña española”.

 

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